Mazuco de carne y hueso
Sábado 3 de abril de 2010, 10:10am. Llego a la cárcel militar de Ramo Verde (CENAPROMIL) y me identifico como visitante.
¿A quién visita?
A Mazuco, digo.
Sí, pero ¿el nombre?
Ehhhh.. Sánchez! Creo.. (siento vergüenza de mí misma).
¿nombre?
Bueno, es Sánchez, pero no recuerdo el nombre. Todos le dicen Mazuco.
El funcionario se dirige a un guardia preguntando el nombre de Mazuco. Aquél se encoge de hombros. Luego otro dice que cree que es José.
Mientras averiguan el nombre me distraigo leyendo un letrero en la entrada que define la palabra “centinela” según la “Real Lengua Española” (sic). Finalmente confirman que, en efecto, se trata de José Alberto Sánchez Montiel y juro al guardia (¿centinela?) y a mí misma no volver a olvidar ese nombre.
Luego de pasar la requisa, subo lentamente las escaleras que llevan al 5° piso. Entre el segundo y tercero descanso un poco para recobrar el aliento. Aquí está Gebauer, recuerdo; al bajar pasaré a saludarlo...
Había acordado esta visita con Mazuco desde antes de Semana Santa, hasta que finalmente concretamos para el sábado, aprovechando que también estaría su esposa a quien quería saludar. Nos conocimos en diciembre, pero no habíamos podido coincidir de nuevo.
Sánchez Montiel es conocido como Mazuco, apodo que le dieron cuando era DISIP, según me contó con su intacto y contagioso acento maracucho. Al momento de su detención era Secretario de Defensa y Seguridad Ciudadana de la Gobernación del Zulia; el mismo cargo que ahora detenta Odalys Caldera.
En septiembre de 2007 le dictan privativa de libertad por delito de homicidio y “quebrantamiento de pactos y convenios internacionales” – debe ser uno de poquísimos procesados por tal cargo en Venezuela... Se acuerda la radicación de su juicio en Caracas por el TSJ en octubre de 2007 y con ella, su desarraigo. Su esposa e hijo lo visitan una vez al mes, gracias a la solidaridad marabina. Imposible venir más a menudo. No lo habían visto desde Carnavales.
Llego a una celda amplia y bien cuidada, llena de fotos familiares, afiches y hasta un pendón con la foto de su hijo. En otra pared tres sencillos afiches de propaganda electoral. Lo están proponiendo para un circuito “salidor” en el Zulia, me cuenta con cierta esperanza.
Su esposa Mary me invita a desayunar con las arepas más ricas que he comido en mi vida (no exagero!) y le pido la receta. Hay crema de leche zuliana que Mazuco me ofrece con orgullo regional; queso, cuajada, carne mechada y café con leche completan la mesa bien servida. Casi no hablamos del proceso. Todos me cuentan anécdotas: los antojos del embarazo de Mary, los amigos de cuando estaban en la costa oriental…
Después del desayuno salgo al pasillo a fumar al lado de una ventana desde donde se ve la entrada de la cárcel. Mazuco me sigue. Me cuenta que esa es la ventana de sus alegrías y tristezas. Allí espera la llegada de su familia y desde allí ve a su hijito despedirse con un “adiós papi” que con frecuencia le saca lágrimas. El pequeño tenía 8 meses cuando él fue detenido. Le pregunto qué dice cuando viene a visitarlo. Todavía no se da mucha cuenta, me dice, pero ya comienza a preguntar. Su mamá le dijo que está haciendo un curso… Y no miente la madre: es un curso de sobrevivencia.
Mazuco es un padre amoroso. Se sienta junto al pequeño que no llega aún a los 4 años y ven juntos una revista en la que el niño apunta con el dedo grandes letras de colores y las identifica correctamente, al igual que los números. Más tarde el piso del pasillo se convierte en corredor de juego: la hija de Bolívar en triciclo y el hijo de Mazuco en un carrito llenan el sitio con sus risas. Una pelota azul y otra amarilla son pateadas por igual por los niños y algunos detenidos.
Tardaron 2 años en darle audiencia preliminar y todavía no comienza el juicio. Pregunto lo obvio: ¿no has pedido juicio en libertad? Cinco veces, todas negadas. Me siento apenada. Eso me pasa por preguntar algo evidente. “Y ahora con lo de la juez (Afiuni) ¿quíén se va a atrever?”. Y ambos miramos nuevamente por la ventana, desde donde se ve el INOF. Le muestro el edificio donde está María Lourdes Afiuni y pasamos un rato hablando de ella.
Ya de vuelta en la celda, me cuenta que quiere estudiar. Es abogado, pero quiere hacer algo útil para mantener la cabeza ocupada. Las opciones no son muchas pero prometo explorar. Hace planes, a medias. Todo lo piensa en un antes y un después del 26 de septiembre.
Ligia Bolívar O.
5 de Abril de 2010