Vestidas de blanco
Raúl Rivero
(Publicado en el Nuevo
Herald), 8 de Mayo de 2007
¿Qué hace una mujer sola en un parque o frente a
una iglesia, vestida de blanco y armada de un gladiolo? ¿Qué hace en Pedro
Betancourt Gloria Amaya, enferma en su casa en ruinas, desvelada y atenta a los
ruidos de la noche y al vaivén de la puerta? Y en La Habana, ¿a dónde van
Elsa Morejón y Alida Viso en un Packard del 48 que echa humo negro por el techo
con unos paquetes de medicinas y unos libros?
Ellas dos van a la cárcel donde están enfermos y acosados sus maridos y, como
todas las otras, lo que hacen es defender a la familia, luchar por el amor y
decirle al mundo que no se quedarán en silencio mientras la dictadura tiene en
los calabozos a unos hombres inocentes que trabajaron pacíficamente, con
inteligencia y resolución, para que Cuba se quitara del corazón la Makarov
montada.
Son las Damas de Blanco, las madres, las esposas, las hijas, las novias, las
sobrinas, las hermanas de los presos políticos y de conciencia. Quieren que sus
familiares salgan de las cárceles donde pasan hambre y sed, donde se les
maltrata y viven en peligro rodeados de violencia y amenazados por enfermedades.
Mientras otros se esconden o aplauden, ellas van a las calles a arriesgar su
libertad por conseguir la de los hombres que aman. Se reúnen a leer poemas y
las cartas de los condenados y a compartir la amistad y la pobreza con un té
azucarado en un pequeño hogar de Neptuno en la que las recibe Laura Pollán.
Allí no hacen planes secretos para tomar el poder mediante un golpe, ni
redactan panfletos políticos. No se dedican a mentir con voluntad de autómatas,
ni a insultar a los insultadores profesionales a quienes el régimen regala unas
gorras de periodistas. No. Ellas, las Damas de Blanco, escriben documentos
objetivos y sobrios al mundo entero para que el mundo entero sepa lo que pasa a
unos kilómetros de Varadero; al este de La Habana; en Mar Verde, en la cuna del
son y en más de 200 puntos del país donde están las prisiones.
No han asaltado ningún cuartel. No han puesto 100 bombas en una sola noche.
Ninguna tiene idea de lo que es el fósforo vivo o muerto. No han encendido cañaverales.
Han encendido velas para darle luz a las plegarias que elevan en un murmullo, en
un rumor que no se ha detenido desde la primavera del año 2003.
Las Damas de Blanco no vociferan. No salen con palos y cabillas a agredir a
otros cubanos en nombre de una ideología agotada y de los perdedores
atrincherados que ordenan, desde sus residencias de lujo y sus capitanías
refrigeradas, que corra la sangre y se manchen las manos la gente sencilla y
noble que pasa por la vida en un viaje que no vale la pena, las penas.
Ellas lo único que hacen es luchar porque los familiares vuelvan a las camas
vacías, a los tronos humildes de las butacas de las salas, a las mesas donde el
mantel parece ahora una llanura y el vaso un pozo brujo.
Necesitan que los niños no sufran. Que no sigan con la imagen del padre en la
cabeza como una sombra gris, sin movimiento, ni calor, ni voz, en las fotografías
que ya comienzan a envejecer y a no parecerse al hombre real que vive detrás de
las rejas, los muros y las cercas de las cárceles.
Se trata de un grupo de mujeres solas, vestidas de blanco. Y tienen a los
opresores fotografiados sin careta y con los cuchillos en el aire.
Pero las Damas de Blanco, con sus oraciones, su paso lento y silencioso los
domingos por la Quinta Avenida, las flores, los poemas, las cartas y los dibujos
de los niños, sustancias intangibles y nobles, lo que quieren es la libertad de
los hombres de sus casa. Que regresen vivos. Ellos están allí, en las
prisiones, sólo porque han querido la libertad de todos.